Progresión de los granos de la vacuna (para la viruela), siglo XVIII
Progresión de los granos de la vacuna (para la viruela), siglo XVIII.
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Epidemia de viruela en Europa y descubrimiento de la vacuna

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La viruela, presente en Europa y en otras partes del mundo desde tiempos remotos, solía manifestarse de tiempo en tiempo en oleadas. Se calcula que la viruela fue responsable de la décima parte del total de la mortalidad europea. Pocas personas escaparon del contagio. Por ello, huellas de la enfermedad desfiguraron el rostro de mujeres, hombres, niños y niñas.

En los países europeos se sabía que el sufrir la enfermedad concedía inmunidad para toda la vida, conocimiento que provenía del Cercano Oriente y de la China. En algunos casos las personas se exponían a propósito al contagio para quedar inmunes; en otros, se recurría a la inoculación o introducción del pus obtenido de las pústulas variólicas. Para realizar este procedimiento se hacía una incisión sutil en el brazo o la pierna, produciendo una leve enfermedad, posibilitando la obtención de la inmunidad. Los inconvenientes de esta práctica, importada de Oriente a principios del siglo XVIII por lady Mary Worttley, consistían en que con un ataque leve se podía generar un segundo episodio mucho más grave, ocasionando la muerte, como en efecto sucedía en muchos casos.

Una de las prácticas tradicionales de los criadores de vacas de Inglaterra llevó al médico Edward Jenner al descubrimiento de la vacuna contra la viruela. En algunos distritos rurales ingleses se consideraba que la viruela de la vaca, que era adquirida por los ordeñadores en forma de una erupción puntiforme en los brazos y las manos, confería inmunidad contra la viruela humana. Los contagiados casi no presentaban síntomas graves y los elementos eruptivos se secaban y desaparecían pronto.

Entre 1770 a 1796, Jenner registró los casos de viruela humana y animal e intuyó que la viruela del ganado podía dar inmunidad frente a la viruela humana clásica. Esta hipótesis tuvo su prueba cumbre en 1796, cuando en una epidemia de viruela Jenner logró extraer pequeñas gotas de pus de las pústulas presentes en una mujer campesina que había entrado en contacto con la viruela animal. Estas gotas fueron sembradas en el brazo de un niño y con ello se obtuvo, además de la cicatriz, la inmunidad. Días después el científico le inoculó al infante pus de viruela humana y, en efecto, no enfermó: la vacuna protegía contra la viruela.

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