Grabado de un retrato de Pablo de Olavide
Grabado de un retrato de Pablo de Olavide. 
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Ilustrados y contra-ilustrados

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La Ilustración española fue moderada y respetuosa de los dogmas religiosos. Su iniciación puede atribuirse al benedictino Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764)quien a partir de 1726 inició la publicación de sus Cartas críticas, una colección de escritos donde difundía concepciones nuevas en el campo de la medicina y de las ciencias, al tiempo que combatía las supersticiones y los falsos milagros. Feijoo mismo le fijó los límites a este movimiento: sólo podían ponerse en tela de juicio las cosas “de tejas abajo”, es decir, las profanas; las demás cuestiones, en particular los temas que tocaban lo religioso, debían juzgarse según los dogmas de la Iglesia. Conforme a esto, la Ilustración española fue mayoritariamente reformista y poco afecta a revoluciones. En los asuntos terrenos guardó respeto a la monarquía y al orden social. “Más ciencia, menos teología”, fue quizás su lema más extremo.

Pese a estas limitaciones, Feijoo se constituyó en un poderoso ilustrador desde su ángulo de curioso observador de las ciencias. Los primeros 118 artículos, agrupados en ocho volúmenes de su Theatro crítico universal (1726-1740), y las 164 misivas que conforman sus Cartas eruditas y curiosas (1742-1760) fueron publicaciones que sembraron un aire renovador y progresista. Su prosa llana, sencilla y precisa, redactada en tono familiar, se acoplaba muy bien al gusto de los nuevos tiempos. Nuestra biblioteca posee ediciones de sus obras fechadas a partir de 1734.

Pablo de Olavide (Lima, 1725 – Baeza, España, 1802) fue sin discusión el más ilustrado de los criollos ilustrados. Pasó a España y se convirtió en la primera figura de la intelectualidad afrancesada de la nación, ocupando cargos de primer orden. Dirigió una reforma agraria en la Sierra Morena y orientó la reforma de estudios que debía transformar la Universidad de Sevilla. Pero la Inquisición lo acechaba y se las arregló para montarle un proceso y detenerlo. Huyó a Francia, donde conoció los días del terror desatados por los jacobinos. Regresó a España y tal vez para ganarse el derecho a una segunda estadía, publicó una novela donde abraza con fervor las convicciones cristianas: El evangelio en triunfo o historia de un filósofo desengañado, editada en Valencia en 1797. Es un relato de carácter edificante y moral que descubre una visión de mundo ilustrada. Antes de acabar el siglo, esta obra conocería diez ediciones y en los siguientes años se reeditaría en Francia catorce veces. Tras su muerte, una editorial de Nueva York publicó otras siete novelas suyas, todas obras en formato de novela moderna.

Desde los días de su apresamiento, los agentes de la Inquisición habían puesto en circulación un irónico libelo en su contra. El libro corrió impreso en España y al parecer fue copiado a mano en nuestro país. El ejemplar manuscrito se conserva intacto y constituye una prueba sobresaliente de la forma como las ideas y los voceros ilustrados fueron objeto de feroces ataques.

 

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Theatro crítico universal o Discursos varios en todo género de materias, Tomo Primero - Benito Jerónimo Feijoo, Madrid, séptima impresión, Imprenta de los herederos de Francisco del Hierro, 1742.   

La ilustración española fue moderada y respetuosa de los dogmas religiosos. Su iniciación puede atribuirse al benedictino Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), quien a partir de 1726 inició la publicación de sus cartas críticas, una colección de escritos donde difundía concepciones nuevas en el campo de la medicina y de las ciencias, al tiempo que combatía las supersticiones y los falsos milagros. Feijoo mismo le fijó los límites a este movimiento: sólo podían ponerse en tela de juicio las cosas «de tejas abajo», es decir, las profanas; las demás cuestiones, en particular los temas que tocaban lo religioso, debían juzgarse según los dogmas de la iglesia. Conforme a esto, la ilustración española fue mayoritariamente reformista y poco afecta a revoluciones. En los asuntos terrenos guardó respeto a la monarquía y al orden social. “Más ciencia, menos teología”, fue quizás su lema más extremo.

Pese a estas limitaciones, Feijoo se constituyó en un poderoso ilustrador desde su ángulo de curioso observador de las ciencias. Los primeros 118 artículos, agrupados en ocho volúmenes, de su Theatro crítico universal (1726-1740), y las 164 misivas que conforman sus Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), fueron publicaciones que sembraron un aire renovador y progresista. Su prosa llana, sencilla y precisa, redactada en tono familiar, se acoplaba muy bien al gusto de los nuevos tiempos. Nuestra biblioteca posee ediciones de sus obras fechadas a partir de 1734.

El siglo ilustrado. Vida de don Guindo Cerezo, nacido y criado, instruido y muerto segun las luces del siglo presente XVIII - Justo Vera de la Ventosa, manuscrito, 1777.