Peso y embarque del caucho. Fotos tomadas de The lords of the Devil's Paradise, G. Sidney Paternoster, Londres, Stanley Paul, 1913. Biblioteca Luis Ángel Arango.
Peso y embarque del caucho. Fotos tomadas de The lords of the Devil's Paradise, G. Sidney Paternoster, Londres, Stanley Paul, 1913. Biblioteca Luis Ángel Arango.
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Personajes: Arturo Cova, Alicia, El Pipa, Barrera, Zoraida 

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"Un desequilibrado tan impulsivo como teatral"
Alicia: semilla en el viento
Los modelos de Arturo y Alicia
El Pipa: guía del extravío
Barrera y Zoraida
Un hombre elegante, de botas altas, vestido de blanco y fieltro gris
Clemente Silva, arquetipo de la frontera
Viajes y orígenes de Don Clemente

“¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! Viví entre fangosos rebalses, en la soledad de las montañas, con mi cuadrilla de hombres palúdicos, picando la corteza de unos árboles que tienen sangre blanca, como los dioses.

A mil leguas del hogar donde nací, maldije los recuerdos porque todos son tristes: ¡el de los padres, que envejecieron en la pobreza, esperando apoyo del hijo ausente; el de las hermanas, de belleza núbil, que sonríen a las decepciones, sin que la fortuna mude el ceño, sin que el hermano les lleve el oro restaurador!

¡A menudo, al clavar la hachuela en el tronco vivo sentí deseo de descargarla contra mi propia mano, que tocó las monedas sin atraparlas; mano desventurada que no produce, que no roba, que no redime, y ha vacilado en libertarme de la vida! ¡Y pensar que tantas gentes en esta selva están soportando igual dolor!

Tengo trescientos troncos en mis estradas y en martirizarlos gasto nueve días. Les he limpiado los bejuqueros y hacia cada uno desbrocé un camino. Al recorrer la taimada tropa de vegetales para derribar a los que no lloran, suelo sorprender a los castradores robándose la goma ajena. Reñimos a mordiscos y a machetazos, y la leche disputada se salpica de gotas enrojecidas. ¿Mas qué importa que nuestras venas aumenten la savia del vegetal? ¡El capataz exige diez litros diarios y el foete es usurero que nunca perdona!

¿Y qué mucho que mi vecino, el que trabaja en la vega próxima, muera de fiebre? Ya lo veo tendido en las hojarascas, sacudiéndose los moscones, que no lo dejan agonizar. Mañana tendré que irme de estos lugares, derrotado por la hediondez; pero le robaré la goma que haya extraído y mi trabajo será menor. Otro tanto harán conmigo cuando muera. ¡Yo, que no he robado para mis padres, robaré cuanto pueda para mis verdugos!

¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! ¡Y lo que hizo mi mano contra los árboles puede hacerlo contra los hombres!”   

(La vorágine)

Don Quijote. Honoré Daumier, 1868.
Don Quijote. Honoré Daumier, 1868.
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"Un desequilibrado tan impulsivo como teatral"

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Sabemos que una de las novelas que más influyó en José Eustasio Rivera fue Don Quijote. Tal parece que lo mismo sucedió con Arturo Cova.

Ciertamente hay algo de quijotesco en el protagonista de La vorágine. Algo que a veces es ridículo y hasta cómico, como cuando, al cabo de escuchar las desdichas de Clemente Silva, le dice con grandilocuencia: “Sepa usted que soy por idiosincrasia el amigo de los débiles y de los tristes”. En otras ocasiones, su carácter asume un desvarío cruel e inhumano, como cuando sin inmutarse –y casi con gozo– ve cómo a los dos indios maipureños que los guían los succiona la mítica vorágine. Es entonces cuando Franco le espeta con ira que él es “un desequilibrado tan impulsivo como teatral”. A veces asume aires de mesías, como cuando dice a sus compañeros, que lo toleran pero que lo saben inestable y débil, “Aunque vosotros andáis conmigo, sé que voy solo. ¿Estáis fatigados? Podéis ir caminando en pos de mí”. Y a veces nos deja entrever sus propias dudas sobre su capacidad de raciocinio y su proclividad para urdir planes imposibles, cuando con angustia se pregunta “¿estaría loco? ¡Imposible! La fiebre me había olvidado unas semanas. ¿Loco por qué? Mi cerebro era fuerte y mis ideas limpias. ¿Loco yo? ¡Qué absurdo más grande!”.

En cada caso, su vanidad –a veces irritante, a veces conmovedora– recrea con gran veracidad los estados de ánimo por los que pasa quien entra en contacto con las fronteras de la razón. Casi pudiéramos ver ahí una reinterpretación de don Quijote.

  

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"Desde las tierras del Sol" - El nuevo tiempo, Bogotá, 29 de septiembre de 1920. 

Crítica a la obra de Rivera. 

Fragmento del manuscrito de "La Vorágine"José Eustasio Rivera, ver pág. 66 del manuscrito (en el flip es la p. 137) 
 
La relación entre Cova y Rivera se expresa muy bien en esta página del manuscrito de La vorágine, adelantada sobre un libro de cuentas. A la izquierda, la escritura de Cova es atropellada, febril y obsesiva, y termina describiendo una literal vorágine a guisa de tachón. La cuidadosa caligrafía de Rivera, a la derecha, pareciera demostrar en cambio una personalidad mucho más reposada.

Retrato de muchacha próxima a casarse que apareció en El Gráfico, en la edición de abril de 1914. Biblioteca Nacional de Colombia.Puede que nunca sepamos cómo fue exactamente Alicia, dado que la descripción que de ella hizo Arturo Cova fue deliberadamente elusiva. Sin embargo, no es difícil imaginárnosla parecida a esta muchacha próxima a casarse, cuyo retrato apareció en El Gráfico, en la edición de abril de 1914. Biblioteca Nacional de Colombia.
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Alicia: semilla en el viento

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Hay dos Alicias en La vorágine. Una es Alicia a través de los pensamientos de Arturo Cova, que a veces la desprecia y a veces la idealiza. Otra es ella: un personaje de una gran complejidad psicológica. Alicia es, de hecho, el motor de la historia.

“Querían casarla con un viejo terrateniente”, cuenta Arturo. Al unirse la desesperación de ella y la vanidad de él, nace la idea de escapar hacia Casanare. Mas no bien salidos de Bogotá, Arturo ya está arrepentido: “¿Qué has hecho de tu propio destino? ¿Qué de esta jovencita que inmolas a tus pasiones? ¿Y tus sueños de gloria, y tus ansias de triunfo, y tus primicias de celebridad?”.

De allí en adelante no tendrá problema en traicionarla, incluso después de enterarse que espera un hijo suyo. Aún así, cuando ella parte con los enganchados por Barrera hacia el Vichada, tampoco dudará en ir en su búsqueda. Y cae en la vorágine. Sin embargo cuando Arturo se reencuentra con Alicia, se entera de que ella ha comenzado a ejecutar la venganza que él habrá de terminar. Ante la inestabilidad de Arturo Cova, ella ha asumido las riendas de su destino. Se ha hecho respetar. Todo eso mientras transcurre su embarazo.

Documentos relacionados 

Fragmento del manuscrito de "La Vorágine" (pág. 85 del manuscrito pág. 175 en el flip)  - José Eustasio Rivera, manuscrito.

La estrofa del folclor llanero que aquí aparece como epígrafe, no experimentó mayor cambio desde la primera edición de la novela. No obstante, el manuscrito revela una composición mucho más cruda y violenta, acaso más acorde con las fantasías de Arturo Cova.

Villavicencio. Fotografía de Josef Kaspar Eberhard.
Villavicencio. Fotografía de Josef Kaspar Eberhard
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Los modelos de Arturo y Alicia

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Por un censo de caucheros de 1911 se sabe que hubo un Arturo Cova, dueño de un barracón cauchero en Puercoespín, entre el río Casiquiare y San Fernando de Atabapo. Tal vez Rivera supo de él en San Fernando (1922) o a su paso por el Casiquiare en camino a Manaos (1923). Tal vez fue por Luis Franco Zapata, su amigo, ya que fue vecino de Cova en el Casiquiare en 1912.
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Pero para Eduardo Neale-Silva, biógrafo de Rivera, Arturo Cova y Alicia representan a Luis Franco Zapata y a su esposa, Alicia Hernández Carranza. De acuerdo con sus investigaciones, las historias de Luis Franco y su mujer sirvieron para configurar las escenas importantes de la novela. Franco recorrió el Vaupés hasta Yavaraté en la frontera con el Brasil y escapó a los llanos con Alicia, una muchacha de Guateque que querían casar contra su voluntad con un viejo terrateniente. Bajaron por el río Meta y se instalaron en el barracón La Ceiba, junto al caño Casiquiare, donde conocieron a varios de los personajes que aparecen en la novela. Posteriormente subieron a Orocué, donde hicieron amistad con Rivera (1918).

Esquina de casa, Jorge Siebe. Foto cortesía de la familia Ruíz Ch. y FAFO.
Esquina de casa, Jorge Siebe. Foto cortesía de la familia Ruíz Ch. y FAFO.
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El Pipa: guía del extravío

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Las sublevaciones de los negros esclavizados en Antioquia y las poblaciones del valle del río Magdalena contaron con el apoyo de negros libertos y mulatos, que en algunos casos eran forasteros que venían de otros lugares sublevados. Los motivos usuales de los levantamientos fueron las nuevas medidas fiscales –como el estanco de aguardiente–, pero sus objetivos superaron la pura reacción antifiscal, pues en muchos casos su reivindicación principal fue la libertad.

En cartas privadas, oficios y documentos públicos se registran como formas de acción de este sector social los ataques contra estancos, asaltos o ejecución de autoridades, así como los rumores sobre la cédula que otorgaba la libertad. En efecto, el rumor de la existencia de una célula real que otorgaba la libertad a los esclavos dio origen a una iniciativa rebelde en la provincia de Antioquia, en donde, desde el mes de agosto del mismo año, los esclavos de las minas de Petacas, al mando de un negro conocido como Pelayo, se habían movilizado por las minas y haciendas difundiendo la noticia de que su majestad había firmado la cédula en la que se ordenaba su liberación, e incluso contemplaron la idea de tomarse Santa Fe de Antioquia y luego Medellín.

La respuesta de las autoridades a las iniciativas de los esclavizados no sólo fue el uso de la fuerza sino que se buscaron mecanismos para resarcir los daños causados por las sublevaciones. Los esclavizados que no alcanzaron a escapar fueron encarcelados y enjuiciados, acusados del delito de conspiración. Los propietarios, tanto religiosos como laicos, según la orden del fiscal, debían asumir los daños y perjuicios provocados por las sublevaciones.

 

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Fragmento del manuscrito de "La Vorágine" p. 65 del manuscrito (en el flip es la p. 135) - José Eustasio Rivera, manuscrito. 

El manuscrito original de La vorágine hace a su manera otro efectivo retrato del Pipa: una vida llena de tachones y sobreescrituras. 

Nazira Sabath de Barrera en medio de su hijo y otro acompañante. Foto cortesía de Cilita de Rey y FAFO.
Nazira Sabath de Barrera en medio de su hijo y otro acompañante. Foto cortesía de Cilita de Rey y FAFO.El cauchero Clemente Silva. Fotografía aparecida en la primera edición de La vorágine, Bogotá, Cromos, 1924. Biblioteca Nacional de Colombia.
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Barrera y Zoraida

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Julio Barrera Malo fue un cauchero y comerciante que se internó en la selva durante las primeras dos décadas del siglo XX. En medio de sus extensos y prolongados viajes encontró la clave para enriquecerse: el auge del caucho en el mercado internacional. Se dedicó a engañar gente en el Meta y el Vichada, entregándoles baratijas en consignación y con el argumento de que se harían ricos con el caucho. Luego los llevaba al Orinoco o al río Negro, donde los vendía con su deuda a caucheros como Miguel Pezil o Tomás Funes. En 1923, Rivera denunció ante el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia cómo, trece años antes, Julio Barrera había vendido 62 colombianos a Miguel Pezil, algunos de los cuales todavía sobrevivían en la cuenca del río Negro.

Barrera se casó con la libanesa Nasira Sabah o Narcisa Sabas. Se sabe que tuvieron un almacén en Orocué llamado La Puya, que viajaban a Ciudad Bolívar en el bajo Orinoco y que tenían una casa comercial en San Fernando de Atabapo.

La identificación de Nasira Sabah con la madona Zoraida Ayram y de Julio Barrera con Narciso Barrera fue hecha por Luis Eduardo Nieto Caballero y documentada por Eduardo Neale-Silva. Aunque Nieto Caballero quedó convencido de que Rivera había “desfigurado moralmente” a Nasira Sabah, pues sólo encontró a alguien con un “noble sentido humanitario”, lo cierto es que el autor de La vorágine había encontrado en San Carlos de Río Negro una carta en la que la viuda de Barrera confería poder a Ángel María Bustos para "reclamar del señor Pezil el saldo a favor de su esposo, procedente del trabajo de los colombianos vendidos".

La muerte de Barrera tuvo lugar en el Vichada, como la recuerda la tradición oral guahiba. Ellos sospechaban que Barrera era caníbal, pues la gente que se llevaba nunca volvía, usaba caja de dientes y comía carne enlatada que creían humana. En La vorágine muere de una manera simbólicamente parecida, pues Arturo Cova le muerde una herida profunda que le hizo Alicia en la cara y lo hunde en un poso infestado de pirañas, que al sentir la sangre lo devoran en minutos.

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Fragmento del manuscrito de "La Vorágine" (p. 13 del manuscrito, en el flip es la p. 26)  - José Eustasio Rivera, manuscrito. 

En el manuscrito original de la novela, Rivera aún no ha bautizado a Barrera como Narciso sino justamente mantiene todavía el nombre Julio o Julito.

Fotografía tomada en Puerto Carreño en 1937(?), en un hotel en Puerto Carreño.  Barrera, vestido de blanco. Archivo Rivera, Universidad de Caldas.
Fragmento de fotografía tomada en Puerto Carreño en 1937(?), en un hotel en Puerto Carreño.  Barrera, vestido de blanco. Archivo Rivera, Universidad de Caldas.
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Un hombre elegante, de botas altas, vestido de blanco y fieltro gris

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Si Julio Barrera Malo fue un modelo para que Rivera concibiera a Narciso Barrera, este último fue mucho más allá en su personificación del mal. En primer lugar, Rivera parece haber hecho una genial conjugación del temperamento del traficante llanero y su esposa, dándole por nombre de pila justamente aquel con que se conocía a Nasira: Narciso. Pero con ello también hacía del nombre del villano un manifiesto de su personalidad: era un narciso absolutamente confiado de sí mismo y, a su vez, una barrera para las aspiraciones del poeta fugitivo y su novia.

Más aún, todo en él es mefistofélico: su blancura y porte le dan un aire satánico, pues algo inmaculado y limpio entre la selva resulta extraño y paradójicamente contaminante. Y los dones que ofrece son aquellos con los que corrompe Occidente: perfume, whisky y dinero; la tentación de un más allá feliz y próspero. Griselda lo resume en una frase: “Barrera es una oportunidá”.

Por lo mismo puede que Rivera también haya pensado en otro modelo para Barrera. Pareciera que mucho del temperamento del rufián lo hubiera concebido pensando en el poeta Eduardo Castillo, con quien había sostenido una agria y sonada polémica en el pasado, y quien se jactaba de su carácter luciferino.

El cauchero Clemente Silva. Fotografía aparecida en la primera edición de La vorágine, Bogotá, Cromos, 1924. Biblioteca Nacional de Colombia.El cauchero Clemente Silva. Fotografía aparecida en la primera edición de La vorágine, Bogotá, Cromos, 1924. Biblioteca Nacional de Colombia.
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Clemente Silva, arquetipo de la frontera

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Clemente Silva es el otro protagonista de La vorágine y el arquetipo del hombre de frontera, del colono que a todo renuncia para poder convivir con la selva: a su hijo Luciano, a su familia en el lejano Pasto y a su cultura. Por eso se llama así: Clemente Silva, pues su nombre traduce “selva clemente”.

Le dicen el Rumbero porque su trabajo es guiarse por entre la espesura verde y encontrar el camino. También lo llaman el Brújulo, pues sabe guiarse donde otros sólo ven manigua. Escucha las voces de los árboles y sabe del rencor de la selva y de su rechazo al blanco, que sólo la busca para ultrajarla. A cuestas, como único tesoro que lo ata al mundo, carga “un cajoncito lleno de huesos”: los de su hijo tragado por la vorágine. Sus pies ya hacen parte de la tierra, alimento que son de gusanos y sanguijuelas. Todo esto le da otra connotación a su apodo: Brújulo también implica brujo. Se trata de alguien que sabe descifrar los misterios de la naturaleza pues ha hecho su vida con ella, no contra ella.

Raíces del gigante de la selva. Tomado de Arthur O. Friel, The river of seven stars, Nueva York, Harper, 1924. Biblioteca Luis Ángel Arango.
Raíces del gigante de la selva. Tomado de Arthur O. Friel, The river of seven stars, Nueva York, Harper, 1924. Biblioteca Luis Ángel Arango.
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Viajes y orígenes de Don Clemente

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Cuando Clemente Silva cuenta el relato de su viaje a Cova y sus amigos, Rivera aprovecha para denunciar las atrocidades de Arana en el Putumayo y Caquetá.

Clemente Silva salió de Pasto hacia 1903 en busca de Luciano, que había escapado de casa tras un altercado. En pos suya se internó en la selva por el río Caquetá, hasta Puerto Pizarro. Allí fue enganchado por los caucheros y comenzó su infierno al ser sometido a la esclavitud por diferentes personajes, todos históricos. Fue testigo en La Chorrera de un célebre y atroz episodio denunciado muchas veces, en el que varios indios fueron quemados vivos durante la celebración del carnaval, ante los ojos impávidos de Benjamín Larrañaga y Juancho Vega, así como el judío tangerino Jacobo Barchilón y el propio Julio Arana.

Pasó después, al servicio de la madona Zoraida Ayram, con la que viajó a Iquitos, intentando denunciar lo que estaba sucediendo en el Putumayo. Pero fue informado de que el cónsul de Colombia despachaba en las oficinas de Arana. Bajó por el río Amazonas hasta Manaos, donde su deuda fue comprada por el turco Pezil, quien lo obligó a trabajar en los cauchales de Yaguanarí. Escapó hacia el Vaupés en una canoa y, cuando pasaba la trocha entre el Kerarí y el Isana, fue atrapado por el Cayeno, quien lo puso a trabajar sirviendo de guardia en el río Inírida. Allí lo encontraron Cova y sus compañeros. Con ellos siguió hacia las Barracas de Guaracú, el Isana y al final al río Negro. Las últimas palabras consignadas en el diario de Arturo Cova fueron dirigidas a él.

Queda la incógnita de quién fue el modelo para Clemente Silva. Se ha dicho que pudo ser José de La Espriella, hijo de un cartagenero que había llegado al Caquetá con Rafael Reyes y una indígena carijona, o el pastuso Azael León, cuyas denuncias sobre la presencia militar peruana en la zona fueron consignadas por Rivera en su artículo “La concesión Arana y los asuntos con Venezuela”. De manera más probable, mucho de Silva tuvo Custodio Morales, un exmilitar tolimense que vivió en Florencia y al que el poeta apreció y conoció. De hecho, Clemente lo mencionó en su recuento: “Por fortuna, en Mocoa me ofreció curiara y protección un colombiano de amables prendas, el señor Custodio Morales, que era colono del río Cuimañí”. Sin embargo, en 1943, Custodio le escribió a Jorge Añez que en 1906 se había trasladado al río Caraparaná y que allí había conocido “al cauchero Clemente Silva, cuyo retrato aparece en la primera edición de La vorágine”.

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"La Selva que se perdió. Habla un personaje de la Vorágine" - Alvaro Pachón de la Torre, Bogotá, El Espectador, 16 de octubre de 1949.