José Eustasio Rivera en el estudio de su casa en Bogotá. Tomada de José Eustasio Rivera, La vorágine, Bogotá, Panamericana, 2000. Biblioteca Nacional de Colombia.
José Eustasio Rivera en el estudio de su casa en Bogotá. Tomada de José Eustasio Rivera, La vorágine, Bogotá, Panamericana, 2000. Biblioteca Nacional de Colombia.
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Contexto literario

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Temas relacionados:

Ruido y desolación
Recepción de la obra: lecturas y lectores 
Literatura de denuncia: Señor ministro...
"La vorágine": ¿novela indigenista?
Secuelas de "La vorágine"

La vorágine retrata el clima intelectual y político de la Colombia de los años veinte. Su afán por denunciar los problemas de las fronteras, como la explotación infrahumana o la locura, respondió a las inquietudes de la generación del Centenario, a la que perteneció José Eustasio Rivera.

Osario de la batalla de Palonegro, principios del siglo XX.
Osario de la batalla de Palonegro, principios del siglo XX.
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Ruido y desolación

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Rivera se preguntaba sobre qué era Colombia al cabo de cien años de existencia, si había logrado configurarse como nación, política y culturalmente, y si conocía sus límites.

En 1924, las respuestas eran pesimistas. El siglo había iniciado con una guerra fratricida en Colombia de tres años –la guerra de los Mil Días–, cuyas secuelas se habían hecho más fuerte con la pérdida de Panamá, justamente por el desdén frente a las fronteras del país. La toma de La Pedrera (1911) y la expansión de la Casa Arana en el Putumayo confirmaban que persistía ese abandono. Y el panorama internacional, al cabo de la Primera Guerra Mundial con sus fotos y testimonios de la desoladora “tierra de nadie”, era igualmente perturbador. De las trincheras de Palonegro (Colombia) y de Verdún (Francia) parecía surgir la misma angustia: la civilización era incapaz de sobreponerse a la selva que habitaba el interior de cada ser humano.

En 1921 Rivera había publicado Tierra de promisión, una colección de 55 sonetos que marcaba otra mirada: la exaltación a la naturaleza incontenible del paisaje y la fauna americanos que se oponía a la idea de “tierra de nadie” y, sin saberlo, a la de un libro de poemas aún más célebre, La tierra baldía (1922) de T. S. Eliot.

  

Documentos relacionados 

Tierra de promisión - José Eustasio Rivera, Bogotá, Editorial de Arboleda, 1921. 

Caricatura de José Eustasio Rivera. Rendón, 1927. Caricatura de José Eustasio Rivera. Rendón, 1927.
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Recepción de la obra: lecturas y lectores

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Hoy en día, La vorágine es una de las novelas más importantes de la literatura colombiana. Pero en la época de su aparición, su impacto fue mucho mayor. Desde el inicio, la obra planteaba la idea de Occidente como viento que impulsado por la fatalidad deja en su camino “ruido y desolación”. El hado era el motor mítico de la historia: “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”.

Pero sobre todo, el impacto se vio en sus primeros lectores. Muchos dieron la historia por estrictamente verídica. Un cura solicitó entrevistarse con Rivera para que le diera las coordenadas de Alicia y Arturo, e ir en pos de ellos y santificar su unión. Otros, como el aventurero Pablo V. Gómez, se hallaban convencidos de haber sido el modelo para el protagonista de la novela.

Documentos relacionados 

"The Vortex" - Earl K. James (trad.), traducción al inglés de "La vorágine" de José Eustasio Rivera. 

En 1928 José Eustasio Rivera fundó en Nueva York Editorial Andes, desde donde pensaba, entre otros proyectos, publicar la traducción al inglés de La vorágine (The vortex) comisionada a Earl K. James. Este es el facsímil de una de las pruebas que James envió a Rivera, justamente con la primera célebre frase de la novela.

Recuerdos de un Viaje - Pablo V. Gómez, Zapatoca, Tipografía El progreso, 1913. 

"La Vorágine obtiene un gran triunfo en Hispano-América" - Earl K. James traducido por Victor M. Londoño, Bogotá, Lecturas dominicales, 20 de marzo de 1927.
 
"La vorágine traducida" - Bogotá, El Tiempo, 19 de marzo de 1926. 

"La vorágine en Francia" - Manuel Ugarte, Bogotá, El Tiempo, 7 de marzo de 1925. 

"La vorágine en Rusia" - Bogotá, Lecturas dominicales, 12 de junio de 1927.

Artículo sobre la Vorágine de Luis Eduardo Nieto Caballero (LENC) - Luis Eduardo Nieto Caballero, Bogotá, El Gráfico, 6 de diciembre de 1924. 

Campaña publicitaria de "La vorágine" en el Nuevo Tiempo.
Campaña publicitaria de "La vorágine" en el Nuevo Tiempo.
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Literatura de denuncia: Señor ministro...

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La vorágine es la primera obra de denuncia social en la literatura colombiana. Y aunque con anterioridad varios relatos retrataron distintas formas explotación, estos no sólo se conformaban con enunciar sin denunciar, sino que la mayoría de veces hacían una distinción entre la ficción y la realidad. José Eustasio Rivera procuró deliberadamente mezclar ambos géneros y jugar con esa ambigüedad.

La novela inicia con una carta al ministro de Relaciones Exteriores de Colombia dando a entender que el libro es un manuscrito del desaparecido Arturo Cova. Este texto, a su vez, dice Rivera que le fue remitido “por el Cónsul de Colombia en Manaos”. Muy probablemente el ministro en cuestión fuera Antonio Gómez Restrepo, reconocido literato y mentor poético de Rivera, y a quien estuvo dedicada la primera edición de la novela. El cónsul podía ser su amigo Demetrio Salamanca Torres. Con ambas referencias, que debían ser claras para alguien de la época, La vorágine iniciaba enfatizando su arraigo en la “realidad”.

A poco tiempo de aparecida, la crítica empezó a compararla con Yo acuso, el célebre escrito de Emilio Zolá a favor del capitán Dreyfus, procesado por espionaje en Francia. Otros, como el misionero y explorador inglés sir Kenneth G. Grubb, se refirieron a La vorágine como “La cabaña del tío Tom de la vida amazónica”. Rivera, por su parte, continuaba de manera cada vez más vehemente sus denuncias, en la prensa y el Senado, contra la equívoca política colombiana en los predios de Arana y Funes. Con La vorágine había nacido el escritor comprometido.

Documentos relacionados 

"La Vorágine" artículo de El Tiempo - Bogotá, El Tiempo, 18 de enero de 1925. 

Jóvenes Huitoto. Tomado de Arthur O. Friel, The river of seven stars, Nueva York, Harper, 1924. Biblioteca Luis Ángel Arango.
Jóvenes Huitoto en atuendo festivo. Tomado de Arthur O. Friel, The river of seven stars, Nueva York, Harper, 1924. Biblioteca Luis Ángel Arango.
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"La vorágine": ¿novela indigenista?

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La vorágine fue un antecedente importante de la literatura indigenista. Obras como Huasipungo de Jorge Icaza, Los ríos profundos de José María Arguedas oJosé Tombé de Diego Castrillón Arboleda aparecieron en los cuarenta, cuando dominaban otros movimientos, estéticas y lenguajes. La perspectiva que dio Rivera a la problemática indígena fue igualmente importante, pues era la visión que el blanco tenía de los indios: mirada miope e instrumental que, justo por eso, selló el destino de la población nativa frente al avance de la colonización.

Arturo Cova y Rivera creen que los indios no son capaces de defenderse solos. En ello reflejan los prejuicios de su tiempo. Y al mostrar la violencia con que Occidente ultraja a los habitantes la selva, también muestran que las relaciones del mundo blanco con el indígena han partido de un trágico equívoco: al querer dominar una selva, los blancos se han vuelto más salvajes que los “salvajes” que la habitan.

Fotografía tomada durante el conflicto amazónico.
Fotografía tomada durante el conflicto amazónico.
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Secuelas de "La vorágine"

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La influencia de La vorágine en la literatura latinoamericana ha sido enorme. Horacio Quiroga, otro gran escritor de la selva y la frontera, la consideraba “el libro más trascendental que se ha publicado en el continente”. Se dijo que inauguraba el género conocido como “novela de la tierra”, en el que una situación real o ficticia da pie para describir con temor y fascinación al paisaje y las fuerzas de la naturaleza. También se ha señalado su carácter de denuncia y su preocupación por los conflictos sociales, como en las obras Toá (1933) de César Uribe Piedrahita, Doña Bárbara (1929) y Canaima (1935) de Rómulo Gallegos, La serpiente de oro (1935) de Ciro Alegría, Sangama (1942) de Arturo Hernández y El paraíso del dibalo (1966) de Alberto Montezuma Hurtado. Igualmente, el boom latinoamericano hizo eco de La vorágine en Los pasos perdidos (1953) de Alejo Carpentier y La casa verde (1966) de Mario Vargas Llosa.

Pero acaso la influencia más palpable y notoria se demostró en la guerra con el Perú (1932-1934). Muchas veces sirvió literalmente de guía de viajeros a los soldados del interior del país. Así, en 180 días en el frente (1933), Arturo Arango Uribe recuerda cómo sus compañeros de campaña la leían “para escribir a Bogotá sus impresiones de la selva, vista a través del prismático afiebrado del poeta”.