Mapa incluido en la quinta y sexta edición de La Vorágine. Biblioteca Nacional de Colombia.
Mapa incluido en la quinta y sexta edición de La Vorágine. Biblioteca Nacional de Colombia.
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Contexto histórico

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Temas relacionados:

Los llanos: paraíso o entrada al infierno
Los escándalos del Putumayo
Los llaneros
Llegando a la frontera
Mapiripana y la cárcel verde
La explotación del caucho
El terror de Funes
Julio César Arana, el rey del caucho
Oídos sordos ante el horror
El paraíso del Diablo 

“¡Oh selva, esposa del silencio, madre de la soledad y de la neblina! ¿Qué hado maligno me dejó prisionero en tu cárcel verde?

…Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizaron en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas! ¡Quiero volver a las regiones donde el secreto no aterra a nadie, donde es imposible la esclavitud, donde la vida no tiene obstáculos y se encumbra el espíritu en la luz libre!

¡Quiero el calor de los arenales, el espejeo de las canículas, la vibración de las pampas abiertas! ¡Déjame tornar a la tierra de donde vine, para desandar esa ruta de lágrimas y sangre que recorrí en nefando día, cuando tras la huella de una mujer me arrastré por montes y desiertos, en busca de la Venganza diosa implacable que sólo sonríe sobre las tumbas!” (La vorágine, segunda parte)

Gallinazos. Fotografía de Josef Kaspar Eberhard.
Gallinazos. Fotografía de Josef Kaspar Eberhard.
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Los llanos: paraíso o entrada al infierno

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Los llanos orientales causaron fascinación a Rivera. Allí viajó por primera vez en 1916. De esta incursión inicial dejó como testimonio una carta en la que describía con emoción la exuberancia del paisaje y la fauna. El tenor era muy similar al de Arturo Cova cuando hacía conmovedora descripción del amanecer en la primera parte de La vorágine. En esos momentos, el llano era una visión del paraíso en la tierra, y tanto Rivera como Cova podían decir “Hasta tuve deseos de confinarme para siempre en esas llanuras fascinadoras”.

Pero para ambos la ensoñación dura poco. En aquella misma carta nos enteramos de que Rivera vio cómo un amigo suyo moría ahogado, “probablemente paralizado por el temblador, que es un pez eléctrico que inmoviliza cuando toca”. El llano se torna así en el preámbulo de la catástrofe, en la misma puerta del Infierno de la que Dante decía que quien la franqueaba “perdía toda esperanza”. Eso justamente le sucedió a Cova, luego de que el llano le mostrara su inclemencia con la muerte de Millán, y la misma sensación de terror y angustia le invadiera cuando describió el cortejo fúnebre. De allí sólo hay un paso a que Fidel Franco queme su casa –creando así una verdadera muralla de fuego– y que con ello Arturo se despida del llano exclamando: “¡En medio de las llamas empecé a reír como Satanás!”.

  

Documentos relacionados 

Fragmento del manuscrito de "La Vorágine" (p. 57 del manuscrito en el flip es la p. 117) - José Eustasio Rivera, manuscrito.

Aparte de La vorágine que narra la impresión que deja en Arturo Cova el cadáver mutilado de Millán. El manuscrito original de la novela comunica la misma angustia.

Pesa de caucho en La Chorrera. Tomado de Richard Collier, The river that God forgot, Nueva York, E. P. Dutton & Co., 1968. Biblioteca Luis Ángel Arango.Pesa de caucho en La Chorrera. Tomado de Richard Collier, The river that God forgot, Nueva York, E. P. Dutton & Co., 1968. Biblioteca Luis Ángel Arango.
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Los escándalos del Putumayo

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Antes de La vorágine hubo varias obras que se encargaron de denunciar las atrocidades de los caucheros en las selvas del Putumayo. En 1908, Rafael Uribe Uribe publicó en Por la América del Sur los dolidos testimonios de varios colonos colombianos que habían sido desplazados por los agentes de Julio César Arana. Y en 1909, con la publicación en Londres de una serie de reportajes en la revista The Truth basados en el testimonio del estadounidense Walter E. Hardenburg, se destaparon los escándalos del Putumayo. Allí se acusaba no sólo a los peruanos, sino se daba a entender que los socios británicos de Arana eran cómplices de todo aquello.

Fruto de esto fue la aparición en 1912 del libro de Hardenburg, El Putumayo, el paraíso del diablo, y del informe presentado ante el Parlamento británico por el cónsul Roger Casement –quien visitó la región en 1910– conocido como El Libro Azul del Putumayo. Asimismo, el papa Pío X emitió en 1911 su bulaLacrimabili Statu, en la que condenó los crímenes contra la población indígena y solicitó que pusieran remedio a “tan monstruosa ignominia y deshonra”.

En todo este panorama, el gobierno colombiano –hasta entonces indolente– reactivó sus reclamos limítrofes frente al Perú. Como parte de la campaña comisionó al inglés Norman Thomson para que recogiera las denuncias, que aparecieron en Londres como El Libro Rojo del Putumayo (1913). En Perú también circularon varios libros. El más devastador, El proceso del Putumayo. Sus secretos inauditos de Carlos A. Valcárcel, quien intervino como juez en el proceso. Los caucheros, por su parte, produjeron varios panfletos en su defensa, publicados en Barcelona por la Imprenta de la Viuda de don Luis Tasso.

Provincia del Casanare, Llaneros herrando ganado y recortandole las orejas. Fondo Comisión Corográfica.
Provincia del Casanare, Llaneros herrando ganado y recortandole las orejas.Lámina 25 del  Fondo Comisión Corográfica.
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Los llaneros

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En sus buenos tiempos, los hatos ganaderos de los llanos orientales colombianos eran unidades autosuficientes –sólo necesitaban comprar sal– que reproducían el ganado y los caballos de forma extensiva en sabanas comunales sin cercas.

En el trabajo de llano –proceso mediante el cual se recogía el ganado de las sabanas llevándolo a los corrales de “palo a pique”, para marcar los terneros orejanos, escoger los novillos y vacas viejas para la venta, y curar las reses enfermas o engusanadas–, se destaca un personaje muy curioso e interesante, el velador, que le canta, habla y silba al ganado durante la noche para evitar que se “barajuste” rompiendo los corrales y dispersándose por la sabana.

Desde tiempos coloniales, estos llaneros se caracterizaron por su independencia de cualquier orden que no fuera el suyo. No en vano era zona de refugio para prófugos y aventureros con un pasado oscuro, así como para excluidos del régimen de castas. Ni siquiera después de la Independencia cesaron de concebir su tierra como una sola extensión fundamentalmente suya.

Provincia del Casanare, Indios guahibos. Lámina 23 del  Fondo Comisión Corográfica.
Provincia del Casanare, Indios guahibos. Lámina 23 del  Fondo Comisión Corográfica.
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Llegando a la frontera

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Desde los tiempos de las estancias y misiones jesuitas en el siglo XVI y XVII, el ganado y el hato se convirtieron en el vehículo de colonización de los llanos orientales, hasta entonces ocupado por los indígenas achaguas y guahibos.

Las autoridades civiles y judiciales de Colombia llegaron de forma tardía a los llanos orientales. Regía la ley del más fuerte. En este territorio se presentó una confrontación entre los llaneros y los indios, que tuvo su expresión más acusada en las guahibiadas y cuibiadas. Estos dos términos se refieren a la matanza de estos indios como si se tratara de una cacería de animales. En su novela, Rivera menciona en varias partes el grave conflicto entre llaneros e indios. Los llaneros acusaban a los guahibos de matar el ganado y reaccionaban con horribles matanzas.

Ilustración de Luis María Murcia, La guerra con el Perú, Bogotá, Librería Nueva, 1932. Biblioteca Nacional de Colombia.
Ilustración de Luis María Murcia, La guerra con el Perú, Bogotá, Librería Nueva, 1932. Biblioteca Nacional de Colombia.
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Mapiripana y la cárcel verde

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Ninguna obra en la literatura occidental ha reflexionado tanto sobre la selva como La vorágine. En ella aparecen todos los temas con que la selva es representada por Occidente: como mujer cruel y vengativa, como antropófaga, como prisión, como infierno, como cementerio. Que esto es una obsesión para Rivera, lo demuestra una magistral reiteración justo a la mitad del relato. Aparece contado por Helí Mesa, quien lo refiere como un mito indígena: es la historia de la Indiecita Mapiripana.

El mito recoge de nuevo todos los elementos de la “plegaria a la selva”, además de que se entronca en la misma tradición de otros personajes similares, como la Madremonte, la Patasola o la Serrana de la Vera. Sin embargo, todo parece indicar que de principio a fin fue concebido por Rivera. En una expedición al Guaviare, el sociólogo Alfredo Molano se dio a la tarea de ubicar alguna versión entre las distintas etnias de la región. Pero nada apareció.

Dibujo que representa un cauchero.
Dibujo que representa un cauchero.
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La explotación del caucho

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La principal actividad económica en la zona fronteriza de Colombia y Venezuela, donde se encuentran los ríos Orinoco, Guaviare, Inírida y Atabapo, era la extracción del caucho y la balata, gomas de gran valor en el mercado internacional hasta 1916.

Los primeros caucheros en entrar al territorio fueron los colombianos Crisóstomo Hernández y Benjamín Larrañaga. Con Hernández entró Gregorio Calderón, quien se estableció en El Encanto. Benjamín Larrañaga fue un pastuso que trabajó con Rafael Reyes en el tiempo de las quinas (1875-1884), lo que le permitió familiarizarse con la región amazónica. A finales del siglo XIX descendió el Orteguaza en compañía de algunos caucheros y se asentó en el Caquetá. Fundó su casa cauchera en lo que llamó Colonia Indiana, hoy en día La Chorrera.

Las dificultades para transportar el caucho eran tan grandes que, cuando aparecieron los primeros vapores de Arana, Larrañaga y Calderón no dudaron en vender. Arana compró a Larrañaga La Chorrera en 1904 y El Encanto a Calderón en 1907. Los restantes caucheros colombianos vendieron o fueron expulsados por los peruanos.

La explotación del caucho se hacía con indígenas de las etnias Piaroa, Puinave, Curripaco-baniwa, Baré, Uarequena, Maquiritare, Piapoco, entre otras, y de los colonos de la región. El control de la mano de obra estaba basado en un sistema de deudas a perpetuidad, en la que los trabajadores recibían mercancías a precios escandalosos y entregaban la goma a precios muy bajos. Era común la venta de las deudas de los trabajadores a otros explotadores, así como la herencia de las deudas de padres a hijos. La violencia y el terror fueron el método para asegurar la esclavización.

El sistema de extracción del caucho consistía en rayar una serie de árboles con un cuchillo o machete y recoger el líquido blanco. Cada cauchero debía trabajar en tres “fábricos” o “zafras” al año. Por cada fábrico tenía que entregar unos 60 kilos de caucho, que elaboraban en la forma de chorizo, por lo que fueron llamados "chorizos del Putumayo". Cuando los indígenas no llegaban con la cantidad estipulada, los empleados de la sección capturaban al jefe de la tribu y lo ponían en el cepo hasta que fuera entregado el faltante. Y si había fugas, el jefe de la cuadrilla era golpeado y enviado en busca de los prófugos. Si no lograba encontrarlos, era torturado o asesinado.

Dibujo de Julio Vanzo para José Eustasio Rivera, La vorágine, Buenos Aires, Pleamar, 1944. Biblioteca Nacional de Colombia.
Dibujo de Julio Vanzo para José Eustasio Rivera, La vorágine, Buenos Aires, Pleamar, 1944. Biblioteca Nacional de Colombia.
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El terror de Funes

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Dado el abandono de la frontera con Venezuela por el gobierno colombiano a comienzos del siglo XX, esta fue gobernada por la ley de la fuerza permitiendo que cruentos hombres tomaran por las armas el poder. Es así como en la noche del 8 de mayo de 1913, en San Fernando de Atabapo, el coronel Tomás Funes y sus secuaces mataron al general Roberto Pulido, gobernador del Territorio Amazonas de Venezuela, y a decenas de personas más en lo que se llamó "La noche de los machetes". Este evento fue denunciado por Rivera en La vorágine.

Funes estableció su hegemonía política y económica basada en un régimen de terror y dominación sobre los indígenas y colonos de la región en Colombia y Venezuela. Rivera dice sobre él en La vorágine que "ese bandido debe más de seiscientas muertes. Puros racionales, porque a los indios no se les lleva número". Más adelante afirma que "Funes es un sistema, un estado de alma, es la sed de oro, es la envidia sórdida. Muchos son Funes, aunque lleve uno sólo el nombre fatídico".

En enero de 1921, el guerrillero venezolano Emilio Arévalo Cedeño, quien combatía la dictadura del general Juan Vicente Gómez en Venezuela, en una arriesgada expedición desde el Arauca colombiano llegó a San Fernando de Atabapo y se tomó la ciudad. Funes fue fusilado tras un juicio sumario el 31 de enero de 1921.

Caricatura de julio César Arana. Caricatura sobre Arana, La Felpa, año 1, No. 2. Tomado de documentos relativos a las violaciones del territorio colombiano en el Putumayo, Fondo Ministerio de Relaciones Exteriores, Transferencia 2 delegaciones, tomo 600, folio 492, Archivo General de la Nación.
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Julio César Arana, rey del caucho

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Julio César Arana del Águila nació en Rioja (Perú), en 1864. En 1881 se estableció en Yurimaguas, Amazonía peruana, iniciándose en el negocio de la extracción de caucho. En 1902 fue nombrado alcalde de Iquitos y un año después conformó J. C. Arana & Hermanos. En 1907 conformó la compañía inglesa Peruvian Amazon Rubber Company con capital británico, momento en el cual tuvo una completa hegemonía sobre el Caquetá y el Putumayo. Aprovechándose del abandono de este territorio por las autoridades colombianas y del apoyo del gobierno peruano, estableció una aduana en la boca del río Cotuhé que impidió el tránsito de embarcaciones colombianas y así monopolizó el comercio del caucho. La Casa Arana llegó a tener unas 45 estaciones dedicadas a la extracción de caucho. La casa matriz era La Chorrera y el segundo centro era El Encanto. 

En 1921 fue elegido senador del Perú por el departamento de Loreto y se opuso de forma vehemente al tratado Lozano-Salomón, por medio del cual se definían los límites actuales de Colombia y Perú. El tratado fue ratificado por el Congreso peruano en 1928. A partir de esta fecha, los peruanos de la Casa Arana emigraron llevándose de forma forzosa a los indígenas que trabajaban para ellos.

Aprovechándose de su poder, Arana logró que el gobierno del Perú le adjudicara 5 millones de hectáreas de terrenos baldíos del Putumayo. Este hecho lo denunció Rivera en la prensa colombiana, pero no hubo respuesta. El gobierno de Colombia compró este predio a los herederos de Arana por $200.000 dólares. En este territorio se conformó en 1988 el resguardo del Predio Putumayo a favor de 10 etnias.

Caricaturas sobre vejámenes en las caucherías, La Felpa, año 1, No. 1. Tomado de documentos relativos a las violaciones del territorio colombiano en el Putumayo, Fondo Ministerio de Relaciones Exteriores, Transferencia 2 delegaciones, tomo 600, folio 469, Archivo General de la Nación.
Caricaturas sobre vejámenes en las caucherías, La Felpa, año 1, No. 1. Tomado de documentos relativos a las violaciones del territorio colombiano en el Putumayo, Fondo Ministerio de Relaciones Exteriores, Transferencia 2 delegaciones, tomo 600, folio 469, Archivo General de la Nación.
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Oídos sordos ante el horror

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Aunque desde comienzos de siglo XX era vox populi el maltrato a los indios del Putumayo, el primero en denunciar de manera formal lo que estaba ocurriendo fue el periodista peruano Benjamin Saldaña Rocca. Este personaje publicaba en Iquitos unos periódicos quincenales conocidos como La Felpa y La Sanción, que a través de caricaturas documentaban las torturas a los trabajadores.

Eugenio Robuchón, geógrafo y explorador francés nacido en 1872, recorrió la región de la Chorrera en 1903. El 30 de agosto de 1904 firmó un contrato con el gobierno del Perú para realizar el inventario de los bosques de caucho y la descripción de las poblaciones indígenas entre el Caquetá y el Putumayo. Esta información fue de inmensa importancia para consolidar la expansión peruana en territorio colombiano y convirtió a los indígenas de las diversas tribus de la zona en objeto de la codicia de Arana. Sin embargo, Robuchón desapareció en 1906 durante un viaje por río Caquetá. Las notas de sus viajes fueron editadas y manipuladas por Carlos Rey de Castro en El Putumayo y sus afluentes (1907), de forma tal que sirvieran para justificar la labor civilizadora de Arana en una tierra de salvajes antropófagos. A partir de entonces se dijo que las fotografías del francés incriminaban de tal forma a Arana, que por eso lo mataron sus esbirros.

Ciertamente, en La vorágine Clemente Silva cuenta la historia de un mosiú que se dedicó a tomar fotos con su Kodak y a enviar cartas a todo el mundo, denunciando las atrocidades que estaba viendo cometer por los caucheros contra los indios. “¡El infeliz francés no salió jamás!”, exclama conmovido. También menciona el periódico La Felpa y cómo circulaba clandestinamente entre los esclavizados por Arana. Un día los capataces pescaron a un grupo escondido con un ejemplar entre sus manos: al “lector le cosieron los párpados con fibras de cumare y a los demás les echaron en los oídos cera caliente”. A quien no fuera sordo ante el horror, los agentes de Arana se encargaban de que así terminara.

Cacique bora. Tomado de G. Sidney Paternoster, The Lords of the Devil's Paradise, Londres, Stanley Paul, 1913. Biblioteca Luis Ángel Arango.
Cacique bora. Tomado de G. Sidney Paternoster, The Lords of the Devil's Paradise, Londres, Stanley Paul, 1913. Biblioteca Luis Ángel Arango.
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El paraíso del Diablo

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En 1910 Roger Casement, cónsul de Gran Bretaña en Río de Janeiro, se desplazó al Putumayo a interrogar a un grupo de barbadianos al servicio de la Casa Arana, muchos de ellos testigos o incluso encargados de las torturas. Su informe se publicó en 1912 y causó conmoción, pues demostraba que el régimen de terror establecido por los agentes de la compañía rebasaba cualquier límite: malocas incendiadas con todos sus habitantes, mutilaciones espeluznantes, exhibiciones de trofeos humanos, violaciones e incluso inducción a la antropofagia. Fue tal el escándalo que en el mismo 1910 se liquidó la Peruvian Amazon Rubber Company, rama internacional del emporio de Arana soportada en capital británico.

El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 tapó el escándalo, pues las potencias militares en pugna necesitaban grandes cantidades de caucho para su industria militar. Sin embargo, el imperio de Arana tenía ya sus días contados. No sólo su reputación salió muy maltrecha de “los asuntos del Putumayo”, sino que ya para entonces sus plantaciones no tenían nada que hacer frente a las asiáticas, que a su vez eran producto del espionaje británico en el Brasil. En 1876, un aventurero inglés contrabandeó con más de 70.000 semillas de caucho amazónico, que depositó en el Jardín Botánico de Londres y luego fueron trasplantadas en la Malasia, donde no tenían predadores ni enfermedades naturales. Fue así como Julio César Arana murió casi en la miseria, en Lima, en 1952.