Fotograma de Aguirre: la ira de Dios, película de Werner Herzog
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Claves para leer "La vorágine": el mito de Occidente 

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La vorágine sintetiza el mito que le da sentido a Occidente: el surgimiento de la cultura por oposición a la selva. En ese sentido, encontrarse con la selva significa encarar el lado oscuro de la civilización: lo que no ha sido domesticado, los instintos, el mundo descontrolado de los sueños, el rompimiento de los tabúes. La locura, la brujería y el canibalismo. Todos estos temas hallan cabida en la novela.

Así se entronca en una riquísima tradición de viajes épicos y trágicos, y temas arquetípicos. Viajes por el río en busca de sí mismo, como el de Sigfrido en el drama musical de Richard Wagner –el compositor preferido de José Eustasio Rivera–, o el del tirano Lope de Aguirre, quien en 1561 se amotina en pleno Amazonas y declara su desnaturalización de España, sin dejar a su paso “más que ruido y desolación”.

Temas como el de la nave de los locos, barca que navega sin más dirección que el desastre y lleva a bordo a todos los necios del mundo, acaso incluyendo a ese “desequilibrado tan impulsivo como teatral” que es Arturo Cova. O seres a medio camino entre la naturaleza y la cultura, como el Calibán de Shakespeare o el Pipa.

El poeta Eduardo Castillo tildó a La vorágine de “folletín semipolicíaco”. Aun cuando quisiera degradar a la novela, también le amparaba algo de razón. La vorágine es también una búsqueda criminal, como en La jangada o El soberbio Orinoco de Julio Verne, autor que Rivera tenía en gran estima y que situó estas obras en la amazorinoquía. Pero sobre todo, es una busca de la esencia de lo salvaje, como Moby Dick o El corazón de las tinieblas. O como El mundo perdido, novela de Arthur Conan Doyle –el mismo creador de Sherlock Holmes–, en la cual una expedición científica (uno de cuyos miembros fue inspirado en la figura de Roger Casement) halla dinosaurios antediluvianos justo en la región donde se pierden Arturo Cova y su comitiva. La diferencia es que en La vorágine no hay salida. Nadie sobrevive para contar la historia. Sólo queda un diario.

Algo parecido ocurre con Las aventuras de Arturo Gordon Pym de Edgar Allan Poe, y esta similitud es reveladora: al parecer, sólo Poe y Rivera, ambos poetas delirantes, tienen el coraje de reconocer que, en la frontera, Occidente lleva la batalla perdida: “Ni rastro de ellos… ¡Los devoró la selva!”.

Documentos relacionados 

El soberbio orinoco - Jules Verne, Madrid, áenz de Jubera Hermanos Editores, s.f.
  

La Jangada: ochocientos días por el rio Amazonas - Jules Verne, Madrid, Editorial tercera, 1887.