Eduardo Caballero Calderón en 1939.
Eduardo Caballero Calderón en 1939.
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"Llegar al destino, el oráculo de Caballero Calderón", semblanza del autor por Ricardo Silva Romero   

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Lo más probable es que no estemos de acuerdo, que donde yo escriba “todo está mal” la gente lea “soy un amargado”, pero la Colombia de hoy se parece más de lo que nos gusta reconocer a la Colombia de hace sesenta años: hay que ser un mago, pienso yo, para negar que sigue siendo una suma de pueblos en suspenso. Podría insistirse, por qué no, en que en estos doce años se han alcanzado muchas metas en materia de seguridad. Podría decirse, si se tratara de ser justos, que el Ejército Nacional ha recobrado una buena parte del territorio perdido a manos de tantas bandas alimentadas por nuestros propios errores. Pero habría que reconocer que en el país siguen sucediendo esas películas del oeste en las que un caserío abandonado por la ley, o un barrio al que sólo llega Dios, soporta los embates de una banda de criminales.

Y siguen sucediendo, escena por escena por escena, las novelas tristes de Eduardo Caballero Calderón.

Ya han pasado diecisiete años desde el año de su muerte, ya no está él para dar la cara por su obra en una época que les exige a los autores que sean los vendedores de sus propios libros, pero Eduardo Caballero Calderón en ningún momento ha dejado de ser uno de los escritores fundamentales de nuestra historia. Hubo un tiempo, no hace tantos años, en el que fue común oírles a los críticos de adentro y de afuera que era el más importante de los narradores colombianos: la voz pausada, realista, castellana, que oíamos por encima de todos los ruidos. Pero un día, aun cuando sus obras han seguido reeditándose y releyéndose como tradiciones de la infancia (que para la gloria de un autor es, si uno lo piensa, más que suficiente), pasó a ser el relato de un país del que poco se hablaba: el relato de un país de siervos sin tierra.

Repito: la obra y la figura de Eduardo Caballero Calderón siguen siendo ineludibles. Pero durante los últimos años, en nuestro empeño de convertirnos en una artesanía que haga sonreír a los extranjeros, en nuestra sospechosa búsqueda de la originalidad, hicimos todo lo posible para evitarlas.

Porque hablar de Caballero Calderón era lo mismo que hablar de esa tristeza andina que cruza, por debajo, el mapa de Colombia. Porque abrir los libros de Caballero Calderón era traer de nuevo a la vida esa bendita “época de la violencia” de la que se habla así, en pasado y en abstracto, como si alguna vez se hubiera terminado, como si la violencia fuera un monstruo que viene de la nada, como si todo eso les hubiera pasado a ellos, a esos otros, a los de más allá. Porque leer las palabras de Caballero Calderón era despertar del mito, regresar a una realidad menos poética, encarar el destino trágico que ha sorprendido a todos los hombres en su intento de comprender el sentido de las cosas: leer las palabras de Caballero Calderón era, en suma, apropiarse de los dilemas de los griegos, de las advertencias de la sagrada Biblia y de los giros del Quijote.

Y, acostumbrados al desarraigo, acostumbrados al abandono, queríamos que ser colombianos fuera ser otra cosa. Y, agobiados por las horrendas primeras planas de estos últimos cuarenta años, que han registrado una violencia, la misma violencia de siempre, que comienza en tantas injusticias que no cesan, hicimos lo mejor que pudimos para dejar sus libros archivados en los anaqueles de la letra C en las bibliotecas: teníamos la fantasía de que todo eso que él decía fuera cosa del pasado.

Pero la realidad se nos vino encima. Pero la historia se negó a avanzar hasta que no la conociéramos desde el principio hasta el final. Y acá estamos leyéndolo, hoy, como quien hace las paces con su padre.

Las novelas de Eduardo Caballero Calderón, desde El Cristo de espaldas (1952) hasta Historia de dos hermanos (1976), saben que sobrevivimos a este extraño lugar, que no ha logrado dejar atrás el medioevo, gracias a un pensamiento religioso que concluye en la idea “estamos en manos de Dios”, gracias a una fe en lo invisible que termina en la sentencia “todo pasa por algo”, gracias a una convivencia con la magia que se resume en la frase “todo puede suceder”, pero tienden a recordarnos, a punta de lenguaje, de guiños, de héroes caídos semejantes a otros héroes caídos de la historia de la literatura, que no somos ese paraíso exótico habitado por buenos salvajes, sino otra esquina de este planeta en el que ocurren tantos odios de puertas para adentro: las novelas de Caballero Calderón encuentran el mapa de Colombia en el lugar que le corresponde dentro del mapa del mundo.

Y son el resultado de viajes de descubrimiento, de lecturas de clásicos, de reflexiones urgentes sobre la realidad política del planeta, que pueden leerse en ensayos como Suramérica, tierra del hombre (1942), Latinoamérica, un mundo por hacer (1944) yEl nuevo príncipe (1945).

Para que su cabeza aterrizara en la ficción, para que se le ocurriera que el mejor camino para comprender la realidad era fingirla, Caballero Calderón tuvo que visitar los pueblos de Colombia, de Latinoamérica, del mundo. De ahí nacieron un grupo de volúmenes de ensayos que son el punto de partida de sus relatos. Cartas colombianas (1949), por ejemplo, una suma de textos sobre sus excursiones por el país, hace las veces de declaración de principios: Caballero le dirige esas cartas sinceras al lector, desde el principio del libro, porque se niega a que terminen por ahí, perdidas en una oficina, en un respetuoso “aviso de recibo” que diga que “se tomó atenta nota de su solicitud y se le dio traslado al departamento competente”: la idea detrás del volumen es la de mostrar a Colombia como es, llena de injusticias, náufraga en el “charco de la política”, abandonada por una élite que la considera, sin asomo de vergüenza, “una tierra de salvajes”.

Breviario del Quijote (1947) nos responde, punto por punto, algo que nos da vergüenza preguntar: ¿por qué hay que leer el Quijote? Porque nos devuelve la humanidad, porque es el continente del que vino la lengua que usamos en las ficciones, porque no sólo parodia los demás libros sino que se parodia a sí mismo. Ancha es Castilla (1950) nos guía, de jornada en jornada, por los legendarios reinos de España, pero sobre todo por una idea que tarde o temprano tendremos que enfrentar: que España es otra tradición con la que debemos ajustar cuentas, que España es, para bien o para mal, todo lo que nos queda de lo que fuimos. Diario de Tipacoque (1950), que recoge las experiencias de Caballero Calderón en el pueblo que él mismo imaginó, nos lleva de vuelta a la sensación de que en nuestra tierra aún puede construirse un mundo más justo que suceda a su propio ritmo.

Vendrán más ensayos, por supuesto, pero con estos que menciono se ha despejado el camino –están dadas todas las condiciones: el descubrimiento del horror nacional, el refugio en la lengua que nos tocó en suerte, la imagen de un pueblo que lidia su destino– para la llegada de Caballero Calderón a las ficciones.

Que seguimos leyendo desde que tenemos uso de razón, decíamos, porque nos hablan de lo que pasa en la Colombia de hoy. Y lo hacen porque las ficciones suelen servirnos de oráculo, porque tarde o temprano nos va a ocurrir lo que ocurre en los libros, porque lo que va a pasar es lo pasado: las narraciones de Eduardo Caballero Calderón encuentran los principales mitos de occidente, desde los mitos griegos hasta los mitos bíblicos (por ejemplo: sus relatos rastrean la violencia que engendra todas las familias), en los lugares más fríos de nuestro territorio. Y todo lo que les sucede a sus personajes, hombres y mujeres de pocas palabras que hacen lo mejor que pueden para resignarse a su suerte, les sigue sucediendo a las personas que tratan de sobrevivir al mundo en este país. Y cada párrafo que enfrentamos nos obliga a seguir adelante en la lectura.

Pensemos en El Cristo de espaldas (1952): más que una parábola sobre el destino trágico de una raza sometida, más que una denuncia política, una crítica despiadada a una sociedad que le ha dado la espalda a los demás o una crónica sobre las costumbres de una época, se trata de una novela policiaca, conducida por un cura que quiere salvar a un condenado inocente, que recuerda, por lo bien contada, a una película de Hitchcock: se trata, mejor dicho, del primer gran ejercicio de un narrador que soporta el horror gracias a su pasmoso dominio del lenguaje, a una envolvente atención a los detalles y a un oído atento –“estos chinos mugrosos están empuercando la cocina”– que le da dimensiones reales a la narración y voz propia a unos personajes que, con paciencia cristiana, hacen lo posible para sobrevivir.

Como el protagonista de la trágica Siervo sin tierra (1954). Termina en la cárcel por apuñalar en Chiquinquirá, en un momento de confusión, a un borracho conservador: “me asusté cuando alguien me cayó encima y me despertó, y entonces saqué el cuchillo y lo clavé en donde pude”. Y sólo hasta el 9 de abril de 1948, cuando “corrió la voz entre los presos de que en la capital de la república habían asesinado a un caudillo muy popular”, logra salir de la prisión. Lo único que quiere en la vida es ese pedazo de tierra, el propio, que ha desatado la guerra civil en los campos colombianos. Y, justo cuando está a unos pasos de pisar su terrenito, le dice a Tránsito, su mujer, que no le ha alcanzado la vida: el brazo ha comenzado a dolerle como le duele a quien está sufriendo un infarto.

Manuel Pacho (1962) es, quizás, la mejor novela de Eduardo Caballero Calderón. Logra definir a sus personajes con un par de señales: “el cura tenía mal aliento y muchas pecas amarillas en las manos”. Y logra conmover de un tajo cada vez que quiere conmover: “no dejes quemar el pan en la puerta del horno, Manuel Pacho, ya vamos a llegar”, se dice el héroe en pleno viaje para enterrar a su padre. El humor, el lenguaje, las descripciones, los diálogos, los gestos del protagonista: todo hace parte de ese juego estupendo que es Manuel Pacho. Queremos saber qué le pasa al héroe. Queremos saber por qué le pasa. Y sentimos, y lo intuíamos en Siervo sin tierra y en El Cristo de espaldas, que a Caballero Calderón no le preocupa qué tiene que decir ni qué dice, sino qué historia tiene que contar y cómo debe contarla: Caballero es, sobre todo, un narrador.

Y, para terminar de probarlo, ahí están los próceres de La historia en cuentos (1953), los pasajeros de La penúltima hora (1955), el escritor de El buen salvaje (1965), los dos hermanos en pugna de Caín (1968), las dos culturas enfrentadas en Azote de sapo(1975).

¿Es por eso, porque es un gran narrador, que estamos hablando de Eduardo Caballero Calderón?, ¿por qué se ha vuelto un personaje al que llegamos, como al Quijote, incluso antes de tener sus libros en las manos?, ¿por qué estamos celebrando su paso por este planeta? Porque su vida fue una parábola: porque aquel hombre de barba de las fotografías en blanco y negro, que nos mira fijamente con el valor de los tímidos, que carga el peso de las cosas en la palma de la mano, estuvo aquí para decirnos que hacemos parte de este mundo, que tenemos que poner los pies en nuestra propia tierra, que los escritores no existen en los libros sino en las tiempos de crisis, que sólo merece la muerte quien ha puesto por encima la vida de los otros.

Pero hablamos de él, sobre todo, porque hoy, igual que ayer, sus narraciones nos dan permiso para hacer parte del mundo, nos despiertan a una realidad en la que es un deber moral sentirse incómodo, nos llevan desde el principio hasta el final con un lenguaje compasivo que viene del principio de los tiempos. Eso es. Sus personajes están aquí para que no confundamos “injusticia” con “destino”. Sus historias hacen posible nuestra historia.