Las caras de un camino (I)

Al terminar en la biblioteca la jornada lúdica de la tarde, los niños y jóvenes que asisten hacen sus propios grupos: unos juegan a “la lleva” en la zona verde que rodea la biblioteca, otros, comienzan a leer un libro de cuentos o me interrogan sobre la ciudad de donde vengo, ellos la llaman, Bucaramanga titerefue. Les he contado parte de su historia, costumbres y rarezas gastronómicas, como los son las hormigas culonas. Escuchándolos he aprendido a observar a Guaduas de otra forma e interesarme por lugares como el Camino Real y la Piedra Capira. Cuando a Juan Esteban le mencionan este camino, recuerda siempre, casi con la lengua afuera, la cantidad de cachipais, naranjas y mandarinas que puede bajar. En cambio a Gilberto, un niño de rostro redondo y zapatos limpios, no quiere volver a ir porque siempre hace un “solaso” y “una parte es pura subida”. Sin embargo, a los dos les gusta la brisa y la vista del mirador de la Piedra de Capira, Juan Esteban lo describe como un lugar donde se puede ver la mitad del país: el magdalena y dos nevados.

No sólo los niños me hablaron del Camino Real, sino los abuelitos del geriátrico Santa Librada, ellos me contaron, que antes, hace unos buenos años, cuando la mayor parte del Camino Real estaba rodeada por bosques, allí aparecían personificaciones mágicas: Tunjos de oro, en forma de niños, corrían, saltaban y jugaban, el afortunado que los mirara sólo recibiría el regalo de oro y joyas, si era capaz de alcanzarlo y tirar de su camisa; otra generosa presencia fue el Moan, personaje que acostumbraba robar por unos días los niños para que jugaran con él, al final los dejaba volver a sus casas obsequiándoles parte de su tesoro, cuentan de él también, que podía hacer crecer ríos y quebradas sin llover y provocar derrumbes de tierra cuando algún campesino borracho se atrevía a reírse de los ancianos; recuerdan a su vez al cazador errante, un despiadado hacendado guagüero que cazaba todos los días por diversión, dejando sus presas tiradas en el camino, y en una de sus cacerías nocturnas, dada su maldad, la madre naturaleza lo devoró dejando su alma penando en todo el bosque, dicen que sus gritos azuzando a los perros de caza pueden escucharse a mitad de la noche; y en esa misma oscuridad, también se halla el cura sin cabeza, joven que desobedeciendo a sus padres se escapó del seminario donde estudiaba y se dedicó a robar viajeros en el Camino Real, en uno de sus asaltos, el golpe de un machete separó su cuerpo en dos, su cabeza cayó en el río y nadie pudo encontrarla, tras la maldición de los sacerdotes que lo educaban su espíritu fue condenado a merodear el camino buscando su cabeza y golpeando a los campesinos borrachos con las cadenas que arrastra. Edgar Villamizar, uno de los abuelos que me contó estas historias de antaño, me dijo al final, con una expresión sincera y de  revelación: “Sí joven, esa era la forma como nos educaban pa’ que les  obedeciéramos a los mayores.”

Diana, la bibliotecaria de la Alberto Hincapié, cuando le hablé sobre el Camino Real, me contó como impartiendo un lesión de sociales: “Es un antiguo sendero empedrado de la época de la Colonia que comunicó a Santa Fe con el río magdalena, y por allí, transitaron recuas cargadas, maleteros, esclavos, campesinos, indios encomendados y virreyes”. Haciendo una pausa para tomar una bocanada de aire, continúo: “En el presente, las personas y mercancías se transportan  a través de la vía nacional, algunos campesinos todavía usan este sendero con el fin de ir de una finca a otra y compartir una chicha con el compadre”. Al final, ella sonrió, y agregó: “la chicha de cachipai que preparan es muy rica, pero engañadora”.

Y con estas distintas versiones de un mismo camino, emprenderé la mía.

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Una respuesta a Las caras de un camino (I)

  1. Nohora Sarmiento dijo:

    Cada calle, cada rincón, cada avenida, cada espacio tienen una historia y cada niño, cada joven, cada abuelo narra la historia según sus vivencias, es grandioso saber que aún existen personas que cuentan uno, dos, tres y más veces la historia.

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